TESTIMONIOS




Carlos Chávez pertenece al linaje espiritual que hizo posible ese espléndido Renacimiento hispanoamericano que alcanzó su plenitud en los años posteriores a la Revolución Mexicana. Creo que bien podemos colocar ese periodo dentro de lo que Lezana Lima llamó las Eras Imaginarias; en esos años esenciales, Reyes va a los orígenes del lenguaje en su edición del Cantar del Cid; Vasconcelos fija el destino final de la raza; los dioses remotos parecen reencarnar, a millares, en los peones hieráticos de los grandes muralistas; las ruinas y las piedas hablan, los viejos romances fronterizos y guerreros vuelven a cobrar vida en los corridos de la Revolución y asumiéndolo todo, en un misterioso umbral, como en el centro de esa épica alucinada, aparece Emiliano Zapata.

Carlos Chávez reinventa los modos griegos en la Sinfonía de Antígona, reinventa la música indígena en la Sinfonía India y la forma musical, con su principio de la no repetición en la Invención para piano; reinventa a Chopin en sus Estudios para piano y las grandes formas clásicas en la Passacaglia de la Sexta Sinfonía; organiza un cosmos rítmico en la Toccata y Tambuco para percusión, se acerca, con mirada nueva, a la ópera y al concierto; explora nuevas regiones sonoras en Resonancias y Pirámide; poco queda que no haya sido tocado, magistralmente, por esta tenaz voluntad creadora.

Su música de piano desde las Siete Piezas compuestas de 1923 a 1930, hasta sus últimos Preludios, lo sitúa entre los grandes innovadores de las posibilidades del instrumento; sus seis sinfonías y los conciertos de piano y violín lo colocan entre los primeros sinfonistas del siglo. Por si esto fuera poco, hay que añadir su gran talento como director, su extraordinaria labor pedagógica, que hizo posible dos generaciones de compositores, su dedicación a impulsar la nueva música en México y su gestión por la cultura desde la Dirección de Bellas Artes.

Julián Orbón